En el corazón de Andalucía, donde las montañas se tiñen de verde y los pueblos blancos parecen colgar del cielo, existe una ruta que cada primavera se transforma en un sendero de aromas, colores y tradición. La Sierra de las Nieves, reserva natural y humana, celebra durante el mes de mayo una de sus fiestas más sentidas y espectaculares: las Cruces de Mayo. En esta peregrinación emocional, viajamos de pueblo en pueblo, dejando que cada rincón nos cuente una historia tejida con flores, fe y memoria viva.
El viaje comienza en Ronda, la joya suspendida sobre el Tajo, donde la piedra y el alma se funden en cada esquina. Allí, la celebración de las Cruces de Mayo se convierte en una cita con la belleza y el fervor. La emblemática Plaza de los Descalzos se transforma en un gran escenario floral, donde cada cruz, decorada con primor por cofradías y vecinos, es también una obra de arte efímera. El concurso que organiza la Hermandad de las Angustias inunda de vida las calles, mientras suena la música tradicional y los aromas de la gastronomía popular despiertan los sentidos. Ronda, como siempre, conjuga lo sagrado y lo festivo con una elegancia innata.
Las Cruces de Mayo
Desde allí, las montañas nos guían hasta Casarabonela, un pueblo que parece brotar de la roca como una flor silvestre. Aquí, las Cruces de Mayo no solo adornan las calles, sino también el alma. En sus rincones más antiguos, 45 hornacinas, inventariadas con esmero, aparecen como testigos mudos de una religiosidad popular que ha resistido el paso del tiempo. Cuatro cruces principales se erigen como altares vivos, cada una decorada por los vecinos con mimo y pasión. Pasear por Casarabonela en mayo es sumergirse en un pasado que se niega a morir, y que encuentra en esta fiesta una forma de renacer cada primavera.
El camino continúa hacia Alozaina, donde las calles se engalanan para recibir su particular concurso de cruces. Lo que aquí se celebra no es solo la belleza floral, sino la capacidad de una comunidad para unirse en torno a su historia. Las cruces, elaboradas exclusivamente con flores naturales, se alzan en patios y esquinas decoradas con esmero, siguiendo criterios tradicionales que premian la dedicación, la creatividad y el apego a lo propio. Más allá de la competición, la atmósfera en Alozaina es de fiesta compartida, donde el pueblo entero se convierte en un museo al aire libre.
Siguiendo los caminos serranos, llegamos a Ojén, donde la festividad toma forma de encuentro gastronómico y folclórico. Tras la bendición de las cruces, la celebración se desborda en la Plaza de Andalucía, con sus sabores típicos —como las tortillas de bacalao y el vino local— y el baile andaluz que se apodera del aire. Organizada por la Asociación de Mujeres Jazmín, esta fiesta tiene un sabor cercano, íntimo, de pueblo que conoce la importancia de celebrar lo pequeño con el corazón grande.
Pero si hay una cita que lleva la festividad hasta los paisajes más puros, es la romería de Igualeja. Allí, en medio de castaños y manantiales, las carrozas parten desde El Nacimiento para recorrer juntas un camino de alegría, música y comida compartida. El destino es la Nave de la Romería, pero lo esencial está en el trayecto: familias enteras, vecinos y visitantes que hacen de la devoción una excusa para convivir, para agradecer, para celebrar lo que los une.
Las Cruces de Mayo en la Sierra de las Nieves no son solo una fiesta. Son una forma de mirar la vida con los ojos de quienes aman su tierra. Un viaje por estos pueblos en mayo es un paseo por la memoria, por la identidad, por la belleza que solo puede nacer cuando la tradición florece de nuevo, año tras año. Y en este rincón de Andalucía, cada flor tiene una historia, cada cruz una promesa, y cada fiesta, un pedacito de eternidad.
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